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| El
escultor francés Jean-Baptiste Carpeaux se describió
a sí mismo como miembro de un
puñado de hombres que Defienden, a costa de su propio
riesgo y peligro, una forma sublime del pensamiento humano.
Con pasión por la escultura y pagando altos costos personales,
él y otros artistas franceses de mediados del siglo XIX
fueron inmortalizados en la literatura como mártires
de las Bellas Artes. Basado en una sucesión de acciones
notables Y, sin pretenderlo, Carpeaux escribió su propia
leyenda. |
Jean–Baptiste Carpeaux
Busto de Anna Foucart
Bronce con pátina obscura
Ca. 1860 32 x 10 x 12 cm
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La lucha del escultor
por el éxito era una experiencia cotidiana y dolorosa,
y fue descrita con maestría por Emilé Zola en
L’Oeuvre. Mahoudea
era el hijo de un obrero, genio de su provincia quien sirvió
a la escultura comercial y realizó numerosos sacrificios.
Conforme avanza la historia pareciera que Zola describe la
vida de Jean-Baptiste.
A diferencia del
personaje de L’Oeuvre,
que nunca alcanzó el éxito, Carpeaux murió
con las consideraciones de un héroe nacional. Algunos
autores apuntan que Zola pudo haberse inspirado en él
para la creación del personaje, otros afirman que no.
En realidad, la vida de los dos escultores coincide sólo
en algunos aspectos de su juventud. Jean-Baptiste, como Mahoudea,
nació en la provincia donde su mérito escolar
y talento nato le ganaron el reconocimiento de su localidad.
Zola conoció
y admiró el trabajo de Carpeaux, tal vez alguna de
las anécdotas sobre el artista llegaran a oídos
del escritor. Una de las más notables es aquella que
relatan Edmond y Jules de Goncourt sobre su primer encuentro
con Jean-Baptiste. Sucedió en Roma en 1865, los hermanos
llegaron a una casa agradable y cálida donde coincidieron
con tres escultores franceses a los que describieron como siniestros y empobrecidos que portaban
sombreros suaves y viejas capas de viajeros de diligencia
[...] Lanzaban frases sobre arte en caló, cosas aprendidas,
resollaban dogmas. Sus rostros, pálidos y demacrados
por la pobreza, parecían sucios por la barba mal afeitada.
En ellos se podía leer una indefinida desdicha, un
retraimiento, a lado de una bohemia amargada. Uno de ellos
tenía una fea cara de cantero, burda y ruda, con bigotes
de sargento de policía y ojos saltones. “Cuando
dejamos la École,” dijo “estábamos
tan flacos como barras. Fue sólo hasta que llegamos
a Roma que engordamos un poco.” Ese era Carpeaux, un
escultor con enorme talento. Los otros dos eran algunos de
aquellos grandes hombres cuyos nombres no se recuerdan ya;
de los que hay tantos en el arte. El nombre del
joven Jean-Baptiste trascendió en la historia del arte.
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Carpeaux estuvo
en varias ocasiones en Roma, donde el entorno de la ciudad lo
acercó al naturalismo, la pasión y vehemencia
de las obras de Donatello y Miguel Ángel, que dejaron
una huella profunda en su memoria: Aquí
estoy aprendiendo arquitectura porque los monumentos de la antigüedad
son admirables. Con frecuencia me dicen que tengo una cabeza
como la de Miguel Ángel [...] De hecho, siento gran aprecio
por este gran hombre, y todas mis obras están marcadas
con su gigantesca influencia.
Víctor Schnetz escribió en enero de 1856 a Ferdinand
de Mercey: [el] Sr. Carpeaux ha llegado
finalmente a Roma, junto con otros cuatro pensionados... me
parece que estos nuevos internos tienen buena disposición
para el trabajo, de las breves conversaciones que he sostenido
con ellos sostengo una buena opinión de su inteligencia;
el más inculto, como me dijiste, es el señor Carpeaux,
pero creo que al final también se refinará.
La predicción de Víctor Schentz se materializó
en 1860 cuando recibió el beneplácito de la familia
real; y seis años después fue nombrado Caballero
Imperial de la Legión de Honor. |
| La
amistad con los Foucart |
El padre de Carpeaux,
trabajador del ferrocarril, encontró en 1838 trabajo
en París como capataz. Ahí su hijo tuvo la oportunidad
de asistir a la École Gratuite de Dessin de 1840 a
1843, aunque interrumpió sus estudios un año
más tarde por incorporarse al grupo del maestro Francois
Rude en la École des Beaux-Arts. De Rude recibió
la enseñanza de la escultura romántica y durante
este periodo formativo conoció a Jean-Baptiste Foucart.
La identificación mutua fue inmediata entre los jóvenes
estudiantes, compartían el nombre y el origen, y la
amistad permaneció el resto de su vida. Sobre el desempeño
académico de su amigo, Foucart escribió: solo,
con no más que un grabado de Poussin, la cabeza de
Apollo Belvedere, y una reducción del gladiador antiguo,
Carpeaux aprendió a dibujar.
Aunque Jean-Baptiste Foucart regresó a Valenciennes,
Carpeaux nunca perdió el contacto con él y con
su esposa, y mantuvo una nutrida correspondencia con la pareja.
El rostro de Anna, la hija de su amigo, fue una fuente de
inspiración para el escultor, similar al del busto
de esta jovencita que exhibimos en Plaza
Cuicuilco en enero del 2005 hay en el Museo d’Orsay otro de mayor tamaño.
Al observar la pieza expuesta en Museo Soumaya se descubre
la personalidad de Anna, retratada alrededor de 1860. Jean-Baptiste
captó con maestría la calidez de la joven y
logra que el espectador olvide que es bronce y no piel lo
que observa. Su sonrisa y belleza la reprodujo en el rostro
de una de las ninfas de El triunfo
de Flora, obra magistral del escultor que hoy
forma parte del Pabellón de Flora del Museo del Louvre.
El retrato muestra a una Anna joven, tal vez soltera, con
peinado alto de gala, cuello largo y elegante. En las otras
efigies aparece con un moño sobrio acorde a una mujer
adulta, o como ninfa; su sonrisa cándida y la dulzura
natural de su expresión permanecen en todas las esculturas.
A partir de la reproducción de su efigie del Príncipe
Imperial con su perro Nero, Carpeaux intentó
comercializar otras de sus obras. Aunque la empresa no fue
del todo productiva, el escultor logró una mejora económica
importante y el reconocimiento en su país. Después
de dos años de agonía por padecer cáncer
de próstata, murió en 1875 en el suburbio parisino
de Courbevoie. Quince años antes, durante su estancia
en la Villa de Medici, tras ganar el Premio de Roma, Jean-
Baptiste le escribió a su padre: [...] Obtendré
la primera medalla, seré un caballero (de la legión
de honor), arrasaré con el Instituto; toda Roma lo
está diciendo, y sus ecos llegarán directo a
París. Carpeaux superó sus predicciones,
dos meses antes de morir lo premiaron con la Cruz de la Legión
de Honor y lo enterraron con honores de héroe nacional.
¡La vie, la vie! fueron sus últimas palabras.
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EVA AYALA CANSECO | CURADURÍA
E INVESTIGACIÓN |
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